miércoles, 11 de marzo de 2009

Paraísos cercanos


"Empalidecidos por la luna e implacables, él y ella jamás se sentían aliviados, liberados. El ejemplo de ternura que les dábamos se abismaba en su purgatorio como un planeta, una piedra tragada por una inmensa oscuridad, sin dejar ninguna estela centelleante, sin provocar ninguna onda. Por la noche, los dejábamos allí, en su lugar desierto. Al apagar las luces, nos acechaban como perros, insomnes y envidiosos, mientras nosotros soñábamos sus discusiones, sus voces angustiadas. Tú y yo podíamos abrazarnos, pero ellos, los otros dos, nunca lo hacían, pues, a diferencia de nosotros, siempre llegaban a un rígido impasse, agobiados de tal modo que, a su lado, parecíamos más ligeros (nosotros los espectros de la casa, y ellos, de carne y hueso), como si, por encima de la decadencia del amor, nosotros fuésemos el paraíso con el que ellos, aquellos dos seres desesperados, soñaban" (Sylvia Plath, Los otros dos)


El eco de las imágenes, el reflejo de los rostros, el reencuentro de un abrazo, la suavidad de una caricia, la calidez de un beso... no es necesario soñar un paraíso, sino hacerlo crecer en cada gesto.

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