viernes, 3 de enero de 2014

El maravilloso mundo de los deseos inconfesables

Cerró los ojos. Se imaginó a sí mismo siendo otro. Paseando y caminando por lugares que conocía perfectamente pero convertido en un individuo por completo diferente. Podía verlo todo, intuirlo todo, sentirlo todo..., pero nada le afectaba, nada le hacía sufrir. Era como un hombre insensible, o como el hombre invisible, al que todo aquél que supiera de su nueva personalidad querría parecerse. Entonces se abrió la puerta, y con ella también él abrió los ojos.
-Es la hora-. Y sin más preámbulos le llevaron al quirófano. Aunque estaba seguro de que todo saldría bien, en aquel momento no sabía si lo mejor hubiera sido ser desear ser insensible o invisible. En cualquier caso lo que sí tenía claro era que una vez estuviera fuera trataría de reescribir su historia. 

Ch. Madoz


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